Domingo 24 de febrero

Por la mañana nos han traído los coches que habíamos reservado desde España. Nos distribuimos seis en un coche y cuatro en otro: Tofol, Alberto y yo vamos en uno con nuestras respectivas, y Ramon y José en el otro con Lili y Marga. 

Como es habitual, conducir por estas tierras es una auténtica aventura. La realidad supera la ficción: vespas y motorinos con tres, cuatro y cinco personas. 



Existe la figura de la moto taxi. Son auténticos maestros del fonanbulismo llevando voluminosas cargas de pan, colchones o materiales de construcción en una moto al tiempo que hablan por teléfono. 

Por la noche por supuesto circulan sin luces, y los intermitentes nos preguntamos, si a lo mejor no vienen de serie y es algo que tienes que pagar aparte, porque aquí nadie los usa. 




Llegamos hasta playa Galeras. Conocemos a Ezequiel y quedamos para el martes 26 para que nos lleve hasta playa Frontón y Playa Madama. Pasamos el día en Playa Rincón. Comemos allí, en un típico "chamizo" en donde lo único de calidad es la comida: pescado fresco que comemos hecho a la plancha, si bien es preferible no ver quién y donde se cocina. Y no digamos el baño, con una peculiar "cisterna manual". Para el vino improvisamos una cubitera en un garrafón de plástico. 





Antes de volver al hotel un baño en las "fresquitas aguas" de los manglares, que a más de uno va a pasar factura.


Regresamos al hotel, tomamos unas piñas coladas, luego una duchita y nos arreglamos para ir a cenar al restaurante Las Olas, donde Conchi celebra su 60 cumpleaños. Tofol ha traído de España globos, platos y servilletas con el número 60. Yo encargué unos vinos y una tarta. Le regalaron un colgante Svarosky y un juego de lentes para el móvil. Son estupendos. 





 De regreso a la habitación paramos en la discoteca: bailamos un par de ruedas y varios merengues en medio de un "ruido infernal" que se suponía que era música. Gracias a Dios en un momento determinado si fue la luz y nos fuimos a dormir.